Lecturas II

Los santos inocentes [es]

Quizás Los santos inocentes de Miguel Delibes sea la obra maestra del autor junto a Cinco horas con Mario. También, personalmente, le tengo aprecio a El camino por su estilo sencillo, natural y directo que consolida la voz narrativa del autor. Creo que Delibes debió ser el Premio Nobel en lugar del senador real, pero esa es otra cuestión.

La acción transcurre en el campo de la España interior cerca de La Raya (frontera de Portugal), universo del propio autor. Poco después, la novela fue llevada al cine de la mano de Mario Camus (para mí es uno de los mejores ejemplos de adaptación). Paco Rabal y Alfredo Landa compartieron el premio de interpretación masculina del jurado del festival de Cannes.

Delibes retrata magistralmente la incultura, la pobreza y la opresión en la que vivían los trabajadores de las grandes fincas bajo el látigo del señorito, que en la película es ahorcado por un justiciero Azarías (Paco Rabal). Mientras el señorito (Juan Diego) pendulea del árbol, el verdugo mira al cielo y repite aquello de «milana bonita», el ave que había matado el señorito en su frustración. No es un milano, sino una grajilla, un símbolo de la conexión con la naturaleza y la sencillez. Este es el final de la novela, aunque la película eligió otro. Esto hay que entenderlo desde la perspectiva de la España que aún llevaba a cuestas la pátina de muchos años de censura, aunque el dictador hacía años que había muerto. Parece ser que Delibes cuando le preguntaron «¿Quiénes son los santos inocentes?», respondió que: «Todos». La niña chica, Azarías, Paco el Bajo (Alfredo Landa)…

No acostumbro a comentar las versiones cinematográficas de las novelas, pero esta película tuvo un gran éxito, quizás porque contaba la verdadera historia de muchas familias de la posguerra.

Dejemos el cine y volvamos a la novela.

La familia protagonista vive en una casita al servicio de los señores del cortijo, trabajando, obedeciendo y soportando las humillaciones sin quejarse, como si fuera una postura estoica asumida e ineludible.

La única aspiración es que sus hijos puedan abandonar la vida que llevan. La niña chica, tiene una discapacidad, parece que parálisis cerebral y permanece siempre acostada o en brazos. Azarías es hermano de Régula, la mujer de Paco el Bajo; es un inocente con grandes dificultades, cuya única ocupación es la cría de una grajilla a la que llama milana bonita.

Los santos inocentes es una denuncia moral contra la explotación, el latifundio, toda clase de abusos, la injusticia social, una organización y una estructura social brutales que provocan la deshumanización más indigna.

Fragmento:

…Azarías, cada vez que la grajilla abría el pico, embutía en su boca inmensa, con su sucio dedo corazón, un grumo de pienso compuesto y el pájaro lo tragaba, y, después, otra pella y otra pella, hasta que el ave se saciaba, quedaba quieta, ahíta, pero a la media hora, una vez pasado el empacho circunstancial, volvía a reclamar y el Azarias repetía la operación mientras murmuraba tiernamente, milana bonita, murmullos apenas inteligibles, mas la Régula le miraba hacer y le decía confidencialmente al Rogelio, ae, más vale así, buena idea tuviste, y el Azarías no se olvidaba del pájaro ni de día ni de noche y en cuanto le apuntaron los primeros cañones, corrió feliz por la co­rralada, de puerta en puerta, una sonrisa bobalicona bailándole entre los labios, las amarillas pupilas dilatadas, la milana ya está emplumando, repetía, y todos le daban los parabienes o le preguntaban por el Ireneo, menos su sobrino, el Quirce, quien le enfocó su mirada aviesa y le dijo, y ¿para qué quiere en casa semejante peste, tío? y el Azarías volvió a él sus ojos atónitos, asombrados, no es peste, es la milana, mas el Quirce movió obstinadamente la cabeza y, después, escupió, ¡qué joder!, es un pájaro negro y nada bueno puede traer a casa un pájaro negro, y el Azarías le miró un momento desorientado y, finalmente, posó sus tiernos ojos sobre el cajón y se olvidó del Quirce, mañana le buscaré una lombriz, dijo, y, a la mañana siguiente, empezó a cavar afanosamente en el macizo central hasta que encontró una lombriz, la cogió con dos de­dos y se la dio a la grajera y la grajera la engulló con tal deleite que el Azarías babeaba de satisfacción.